MI BIOGRAFÍA EXPRÉS

Soy Laura Abril y este es el texto que más me ha costado escribir de toda la web de Emprendética. Así te lo digo.

Quizá te sorprenda esta presentación tan atípica, pero he preferido mostrar mi vulnerabilidad en este punto. Y es que lo de definirse a una misma me parece un ejercicio brutal de honestidad y conciencia del que puede que no salgas airosa, y eso da un miedo que no veas.

Y es que yo os podría contar que nací en 1983, en un pueblo al sur de Extremadura llamado Fuente de Cantos. Que de pequeña sacaba muy buenas notas en el colegio, tocaba el piano, hacía teatro, cantaba en una coral, ganaba premios en poesía y prosa, leía libros de filosofía y me encantaba vestir diferente, con prendas vintage o complementos llamativos.  Y todo eso en un entorno en el que destacar de un modo u otro podía suponer cierto rechazo.

Lo habéis adivinado. Tenía todas las papeletas para ser considerada una niña repelente  y una joven rarita. Y reconocer esto sin tapujos no es fácil.

Pero tampoco os quiero ocultar esa etapa de mi historia, porque gran parte de lo que soy ahora se forjó en aquellos años, cuando me sobraba tiempo para leer, pensar y escribir. Y porque así comenzó mi autoconocimiento, sin anestesia ni nada. En aquella época reflexionaba a través de la poesía, mi particular morfina literaria.

Luego vinieron los años de universidad. Mudanza a Madrid. Derecho. Empresariales. Ciencias Políticas. Y una oposición. Titulitis aguda para cubrir el expediente que se presuponía acorde a mi capacidad. Mis pasiones ya tal…

Ir al gimnasio casi todos los días me salvó de convertirme en una rata de biblioteca. Así empecé a cultivar el corpore sano para una mens cada vez menos sana, todo hay que decirlo.

Hasta que un día, justo antes de un examen, me desperté sudando bajo unas sábanas de Superman que me había puesto la señora con la que conviví los primeros años de carrera. Y así, sin saber cómo ni por qué, me empecé a obsesionar con mi propia muerte. Supongo que lo de dormir arropada por un súper héroe no me libró del miedo que pasé aquella noche.

A partir de entonces, un año entero de ansiedad generalizada y ataques de pánico. No entendía nada. No había tenido ninguna experiencia traumática ni muertes cercanas.

Tenía salud, familia, pareja estable, vida social, estaba más en forma que nunca, seguía sacando buenas notas… mi vida era tan jodidamente perfecta que no tenía ninguna lógica pensar en algo tan chungo como que en cualquier momento podría palmarla.

¿Y sabéis cuál era el problema? Exceso de responsabilidad y perfeccionismo, según me diagnosticó la psicóloga en la primera sesión.

Parece ser que la única vía que encontró mi mente para avisarme de que me exigía demasiado, era castigarme con algo incontrolable: mi propia muerte. 

A partir de aquella primera crisis existencial pensaréis que intenté dejar de buscar la perfección. Sin embargo, era algo tan enquistado en mi conciencia que hasta los treinta y pico años no me empecé a liberar de esa carga auto impuesta.

Nadie me ha exigido nunca más que yo misma. Pero ya me voy conociendo y no sufro tanto por mis altas expectativas.

Y a estas alturas quizá te preguntes ¿y qué pasó con esas pasiones de niña? Aunque si no te lo preguntas, ya te lo cuento yo, que para eso es mi biografía exprés y me permito ciertas licencias 😉

Pues mira, yo quería ser actriz. Ya ves. Con mi potencial para convertirme en ejecutiva agresiva ganando un pastizal y lo que me apasionaba era la interpretación, aunque con ello casi seguro me moriría de hambre.

Porque no me atraía tanto eso de ser famosa, sino la oportunidad de pensar con otras mentes y sentir desde otras vísceras, gracias a meterme en la piel de los personajes. ¡Vivir muchas vidas en una! Pensé que esa era la solución a mis tremendas ansias de experimentarlo todo.

Y con todo me refiero a lo bueno y a lo malo. No me quita nadie esta vena dramática (en el sentido menos artístico del término)

Pero mi padre, con toda su buena intención, me dijo que mejor estudiara una carrera de verdad y luego ya si eso hiciera algo de teatro.

Y, como os digo, no estudié una, sino tres. Y una oposición, que abandoné cuando me vino la segunda crisis. Esta vez física y mental. Un dolor en la cadera, pelvis y pierna izquierda, sin causa aparente, que después resultó tener todo el sentido del mundo. Era mi cuerpo avisándome, por segunda vez, del exceso de responsabilidad y perfeccionismo.

Estuve diez meses enteros sin apenas dormir por los calambres, incapaz de permanecer mucho rato sentada sin saltar de la silla y con un come-come por dentro que me hacía sentir culpable, floja y fracasada por no poder estudiar las horas necesarias para aprobar la oposición.

En esta fase, fue el kundalini yoga y la meditación lo que me salvó de mi propia bilis interna. Aunque finalmente tiré la toalla con el estudio. Y el dolor, casi de la noche a la mañana, desapareció.

No podía seguir viviendo de mis padres, así que enseguida me puse a buscar trabajo y…encontré mucho. Empecé trabajando a destajo como abogada en una de las Big Four. Ganaba un buen sueldo para ser mi primer empleo y estaba tan contenta los primeros meses que ya pensaba jubilarme allí… ¡bendita ignorancia!

De hecho, como aún tenía algo de tiempo libre por las noches, en esas fechas abrí un blog de estilo personal (Mens sana in corpore fashion), en el que mostraba mis modelitos y me marcaba mis buenas parrafadas. Sí, reconozco que fue una época un poco frívola, pero divertida y necesaria como vía de escape a un trabajo tan gris.

Más pronto que tarde, ese poco tiempo disponible para mí quedó reducido a cenizas, así que empecé a darle vueltas al coco para encontrar la salida de emergencia. Y es que no hay que ser muy lista para darse cuenta de que ese tipo de empresas quema más que la arena del desierto, así que no tuve más remedio que buscar mi oasis particular en un despacho más pequeño, con horario menos esclavo y que me dejara libres al menos los fines de semana. Vamos, todo un lujo asiático en el mundo de la abogacía.

Y ahí sigo desde 2015. Aunque mentiría si no os digo que mi propósito es dejar el Derecho para ponerme del revés.

Con las horas de libertad ganadas en los últimos años he tenido mucho más tiempo y energía para pensar, aprendercrear, leer, viajar, experimentar, conocerme, escribir, bucear, hacer yogadeporte, pintar o emprender.

Y bueno, también he tenido tiempo para cosas menos trascendentales como ver Netflix y sentarme en la terraza a comer mejillones con patatas fritas mientras fotografío compulsivamente puestas de sol.

Y hasta aquí mi biografía exprés. El resto lo iréis descubriendo en este universo emprendético.

Un abrazo,

 

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¡Me apunto!