Si me hubiera dejado llevar por el qué dirán a lo largo de mi vida, hoy no estaría aquí escribiendo estas líneas ni poniendo mi cara y mi voz en un montón de espacio virtual público. Porque claro, ¿qué dirán?

Y por decir, pueden decir muchas cosas. Agradables o dañinas. Aunque las que nos suelen pesar más en la balanza son las segundas, las que actúan de freno mental a la hora de tomar decisiones para ser una misma.

Y a pesar de que también existe el llamado miedo al éxito, a muy poca gente le incomoda que los demás piensen que es brillante o que es una bellísima persona. Lo que de verdad nos afecta es lo que opinen para mal.

Y lo curioso es que lo que puedan pensar o decir otros sale en primer lugar de nuestra propia cabeza. Somos las primeras en adelantar acontecimientos: Si hago eso, pensarán aquello. Si digo lo otro, criticarán esto. Y así tóxica y sucesivamente.  

Sin embargo, una se quita un gran peso de encima cuando aprende que está demostrado de forma empírica -por gente que se dedica a estudiar estas cosas- que a un 10% de las personas con las que te relacionas en tu vida no les gustas en absoluto, así que hagas lo que hagas te van a criticar. Incluso hay quien habla de que eso ocurre en el 50% de los casos (Wayne Dyer), lo cual es más preocupante…si de verdad te tuvieras que preocupar por ello.

Pero ¿qué ocurre? Que entiendo que tampoco puedes ir por la vida pasando de toda opinión ajena, porque resulta que esas críticas o comentarios externos también nos pueden servir de espejo para construirnos o para engrosar nuestra piel y que no nos duela el próximo golpe.

Por tanto, lo jodido está en cómo encontrar ese equilibrio entre lo que de verdad nos debe importar y lo que nos podemos pasar por donde amargan los pepinos, porque no podemos eliminar de la ecuación la constante del qué dirán.

Así que toca sacar la balanza y empezar a pesar halagos e insultos, críticas constructivas y destructivas, palmaditas en la espalda y patadas en el culo. Y lo cierto es que observando esto me doy cuenta de que ni siquiera estaríamos balanceadas con un fifty-fifty de cada una. Porque lo malo pesa más.

Seguro que os suena. Da igual que todo el mundo te diga lo estupenda que eres o lo bien que haces tal o cual cosa. Llega una sola persona y te critica –con más o menos educación- y, como si la fuerza de gravedad se hubiera vuelto irresistible, la balanza se inclina hacia el lado chungo.

Y es en ese momento cuando buscas equilibrarte con una sobredosis de comentarios compasivos de gente que te aprecia. Pero ¡ojo! Si nuestra autoestima depende por completo de los elogios de otras personas, estaremos nuevamente dándole un papel protagonista al qué dirán.

Entonces ¿en qué quedamos? Pues en mirarse para dentro y buscar la respuesta racional por encima de la visceral. Porque si atendemos solamente al corazoncito, lo que nos digan malo nos hará pupa y lo que nos digan bueno quizás nos dé un puntito de vanidad que tampoco es deseable.

Sin embargo, si todo esto lo pasamos por el filtro del análisis racional consciente, es posible que muchos de esos frenos mentales desaparezcan y el qué dirán nos importe lo justo y necesario.

Imagina por un momento que quieres dar un giro radical a tu vida; ya sabes, de 180 grados y nunca de 360, que te quedarías como estás :P.   

Pues bien, esa decisión tuya puede dar lugar a que muchas personas de tu entorno tengan una opinión al respecto y a ti te frene el qué dirán. Esto es lógico y lícito. Pero ¿qué importancia vamos a darle? Pues depende.

¿Haces daño a alguien con tu decisión o comportamiento? Si va a poner en riesgo la estabilidad económica o el bienestar físico o emocional de personas a las que aprecias, está claro que en mayor o menor medida tendrás que consensuar tus locuras mentales transitorias y no lanzarte a la aventura como alma que lleva el diablo.

Por el contrario, si con tu decisión no haces daño a nadie y tu cambio radical solo implica una sacudida de mentalidades diferentes a la tuya, quizás sea tiempo para el diálogo, aunque siendo fiel a tus valores y luchando por aquello que te hace ser tú misma.

Pero ¿qué pasa con lo que puedan decir los que no te conocen? Un qué dirán que nos preocupa de la forma más irracional posible; y es que en estas situaciones imaginamos toda clase de ideas peregrinas sobre lo que pensarán o dirán de nosotras. Y es muy probable que todo eso se quede en tu imaginario destructivo.

Por eso, cuando nuestra idea o comportamiento vaya a trascender nuestro entorno más cercano, deberíamos intentar filtrar con mayor ojo clínico esos juicios de valor, porque si nacen de un ánimo constructivo, son un tesoro valiosísimo que te servirá para cuestionarte, y también para mejorar en aquello que se te haya dicho con todas las letras y en lo que no habías caído antes.

Pero si el juicio brota de la envidia, la rabia o el aburrimiento de personas que se toman la molestia de hablar de ti, la atención debería ser nula. Solo tendrás que pensar que estadísticamente forman parte de ese diez por ciento de gente a la que no le gustas. Hagas lo que hagas. Y la ciencia no falla. Qué alivio ¿no? 😉

En cualquier caso, no está de más recordar que estamos en continuo aprendizaje y que, en el fondo, seguir nuestros impulsos para hacer esto o aquello sin importarnos el qué dirán es un acto de rebeldía consciente.  

Por el contrario, sucumbir siempre a la opinión de los demás por encima de  la propia nos condena a ser esclavas del pensamiento de otros.  

Así que en esta comunidad emprendética te animo a romper esos vínculos de acero entre lo que eres y el qué dirán.  ¿Te atreves?

Te leo en los comentarios 🙂

Un abrazo

Laura Abril