Lo sé. Sé cómo suena todo esto del autoconocimiento y el desarrollo personal. Y da igual cómo te lo pinte para que no tenga ese estigma de los libros de autoayuda o el tufillo de vendehúmos sin escrúpulos.

Quizá pueda camuflarlo un poco utilizando frases de empoderamiento como esas de lograr tu mejor versión, alcanzar tu máximo potencial o vencer tus miedos, que suenan más como a liderazgo del bueno. Pero aun así, en el mejor de los casos, puedes pensar que soy una flipada del coaching o una hippie abraza-árboles, lo cual tampoco me da mayor credibilidad.  Vamos, que lo tengo jodido para convencerte.

Y te entiendo. Entiendo que estos temas te chirríen desde el mismo momento en que ves a alguien forrado de pasta que, con mucha verborrea, bastante carisma y una buena campaña de marketing, presume de haberle cambiado la vida a miles de personas. Sea cierto o no.

Incluso puede que desconfíes de que alguien pueda ayudar a otro alguien simplemente con frases motivadoras de buenrollismo de purpurina. Y vale, hasta aquí todo normal. Nos pasa a muchas.

Pero el quid de la cuestión está en que el concepto de desarrollo personal no es solo lo que se vende.  Y la inquietud por conocerse, entenderse, mejorar o ponerse al límite no es una parcela exclusiva de cuatro privilegiados con más o menos adeptos.

El desarrollo personal también es para ti. Por el simple hecho de que eres persona y tienes la capacidad de desarrollarte como tal. Y esto, que parece de Perogrullo, lo puedes comprobar simplemente observando si a día de hoy eres la misma persona que hace unos años o has cambiado un poquito.

Por poco que sea, supongo que algo habrás cambiado y aprendido por el camino.  A base de palos o de palmaditas en la espalda, pero hay una evolución ahí.  No sé, quizás te hayas hecho más fuerte, menos envidiosa, más empática, menos paciente, más pasota, menos tiquismiquis o más inteligente. Y sí, habrás cambiado a mejor o a peor, porque eso también forma parte del juego.

Y todo ha sido sin apenas darte cuenta. Sin libros ni gurús. Has crecido; sin más. Y ese crecimiento es el que te ha dotado de una personalidad única: la tuya.

Aunque esa personalidad, como humana que eres, tiene sus versiones en miniatura de angelito y de demonio revoloteando por tu cabeza. Luces y sombras. Ego y esencia. Llámalo equis, tú ya me entiendes.

Y si, a pesar de esa dualidad, tienes la inmensa suerte de estar satisfecha contigo misma en toda tu amplitud, o crees que ya has llegado al clímax de tu existencia, pues estupendo. ¡Enhorabuena! No hay más hablar. Eres una persona plena, alineada, estable y feliz.

Pero ¿qué pasa si hay algo que no te convence del todo o por lo que sufres a menudo?

Sin juzgarte, se me ocurre que quizá tengas un par de miedos, algún que otro complejo, carencias emocionales, espíritu quejica (con razón y sin ella), que seas una perfeccionista patológica, que te coma la rabia por dentro, que tengas un pronto que no sea digno de tu buen corazón, que seas incapaz de expresar tus sentimientos o que estés casi siempre triste, enfadada o estresada y encima tengas la sensación de que nadie te entiende.

Entonces puede que sea el momento de mirarte el ombligo y apostar un poquito por tu autoconocimiento y  desarrollo como persona, para llevarlo lo mejor posible y evitar el dolor innecesario. A ti misma y a los que te rodean.

Y a mí esta opción me parece más que respetable; pues, al contrario de lo que se nos vende a menudo, no es signo de debilidad, sino de lucidez.

Sería absurdo que criticásemos por ejemplo a un deportista de élite porque se pasa el día entrenando para desarrollar su cuerpo y poder saltar más alto, correr más rápido, ser más fuerte o tener mejor puntería.

Sin embargo, nos permitimos burlarnos de la gente que está entrenando sus emociones o traumas, como si ese proceso de transformación no fuera tan importante como el de convertir proteínas en músculo.

Pero es aquí donde tiene que entrar en juego tu propia inteligencia. Tu capacidad para decidir cuándo y cómo quieres asomarte a ese pedazo de abismo que hay detrás de tu personalidad.

Y con ello me refiero a que tienes la posibilidad de elegir libremente qué estrategia es la que mejor encaja contigo. Si quieres ir sola o acompañada. Si te crees a unos, a otros o a ninguno.

Nadie te obliga a leer ningún libro ni a pagar ninguna mentoría. Tu desarrollo personal es tuyo. Y me parece perfecto que no le hagas caso a nadie más que a ti misma. Y que pongas en duda todo lo que leas, veas y escuches sobre el tema.

Porque el desarrollo personal no es unívoco. No pasa necesariamente por meditar en lo alto de un monte, escribir un diario, caminar sobre brasas o postear frases inspiradoras cada día y hacer como que te las crees. Tampoco es una ciencia exacta ni contiene verdades absolutas. Basta con experimentar, a ver qué pasa.

Hay tantas formas de crecimiento personal como personas dispuestas a ello.

Y por eso no hay guías espirituales o líderes de conciencia que puedan ahuyentar el interés genuino de cualquier persona escéptica por mejorar cualquier aspecto de su vida. Porque esa persona puede hacer su propio filtro de lo que sí y de lo que no, que para eso somos seres racionales.

Y si a ti todo esto del desarrollo personal te sigue sonando a charlatanería, a hueleflores o a caraduras con don de gentes, supongo que puedes pasar de todos ellos y hacerte responsable de tu propia transformación, pero sería una pena que los prejuicios te privasen de un viaje apasionante hacia ti misma. 

Aunque también puedes quedarte donde estás sin hacer nada, por pura convicción, y tendrás todos mis respetos.

No soy yo más lista que nadie para decirte lo que tienes que hacer. Pero tampoco me gusta que me tomen por tonta por haber elegido el camino de asomarme a ver qué se cuece en mi interior; o por abrazar árboles, que también lo hago de vez en cuando y me quedo tan a gusto.  

                ¿Alguna escéptica en la sala?

Un abrazo,

Laura Abril